Breviario.

(Léase a manera de soplo)

Y ya cansado de caminar y de estar enojado con Gardenia la imaginó a su lado, imaginó un revólver en su cinturón y ahí en ese puente lleno de transeúntes, sacó la pistola, la cargó, apuntó hacia la imaginaria cabeza de su Gardenia y disparó.

Pensó en botar el cuerpo por el puente y se rio en voz alta por el hecho de pensar en deshacerse de un cuerpo imaginario e inerte, el grito de una señora interrumpió su primer momento de risa desde que salió rabiando de la casa de Gardenia, el grito de una señora se convirtió en el grito de otras dos señoras que se alejaron del puente corriendo.

Gente pasmada en medio del camino, palomas volando por doquier, llanto de un niño que si sigue llorando se va a llevar un disparo del revólver de José que sigue parado en medio del puente sin entender que mierdas pasa, sin entender porque todo el mundo lo mira con terror y  porque tres motos policiales vienen hacia él..

José intenta acercarse a un muchacho para preguntarle qué pasa con todo el mundo pero el muchacho se ha tirado al piso con las manos sobre su cabeza mientras la policía empieza a gritarle que se tranquilice y todo saldrá bien, el muchacho se levanta y corre junto al resto de gente, José permanece solo en el puente, de repente está rodeado por los policías.

-¡De rodillas y manos en alto!

José no entiende.

-¡De rodillas, manos en alto y todo saldrá bien!

José no entiende todavía.

-¡De rodillas, carajo, esto terminará tan pronto usted coopere!

José deja colgar sus brazos junto a sus muslos como un niño confundido.

-¡Suba las manos ahora!

José mira exhausto a los ojos coléricos  del policía gritón.

-¡Échate al piso hijo de puta! ¡No me mires! ¡Obedece!

José suda, las manos le tiemblan.

El policía tiembla.

José levanta una mano hacia el policía.

Y de nuevo se oyen disparos, de nuevo los gritos y el aletear de palomas, se escucha el golpe del cuerpo muerto de un hombre abaleado por la policía en defensa propia, culpable de haber asesinado con un revólver y de un disparo en la cabeza a una hermosa mujer en medio del gentío que tanto gusta de pasear los lunes. 

El cuerpo de José yace junto al de Gardenia, José cree que sería mejor si ambos cuerpos flotaran juntos en el río, debajo del puente, pero ya es muy tarde. Ojalá él también fuera imaginario. Ojalá el revólver fuera real. Ojalá Gardenia. Gardenia.

Quiero ver esta ciudad aunque sea un poco en llamas, aunque sea un poco a su lado, quiero ver esta ciudad desde abajo mientras corro junto a usted entre las cloacas, pisando rabos de ratas, maldiciendo cada vez que nos peguemos en las canillas, besándonos cada vez que el mal olor nos domine demasiado, fumando cada vez que se nos de la gana, quiero un apocalipsis a su lado, quiero hacerle muchos amores mientras la ciudad grita y se enmarrana, quiero mirar el caos junto a usted y luego ir por un par de malteadas.

Este siglo XXI es un siglo XXX.

Este siglo XXI es un siglo XXX, nos hace abrazar sanitarios y jugar con hilos de babas que cuelgan mientras alguien nos habla del futuro, alguien que se acurruca de a poquitos en la pared del baño y ahí va el futuro. 
Este siglo XXI llegó así a nosotros, con los calzones abajo y la boquita dispuesta a chuparnos todo. 
Llegó con amenazas de acabarnos a todos y mandarnos a la mierda al mismo tiempo que nos va dando tequila, el siglo gime y nos gusta.
Somos el futuro de la humanidad pero nuestro futuro es el próximo Sábado, después de eso ya no sabemos. 
Un día creceremos y dejaremos de ser tan hermosos pero vendrán otros con más hambre y harán de este siglo la puta que todos queremos que sea. 
Un día creceremos pero mientras abracemos ese sanitario como si fuera nuestra juventud.

Bendita.

Meta sus babas en mi oreja hasta que me lleguen al cerebro a ver si de una vez por todas me curo de tanta pendejada, métame sus babas en las orejas hasta volverse mi pendejada.

Ponga su cabello entre mis ojos como si fuera luz de amanecer, meta su lengua en mi boca hasta que sepa feo, escupa el aire de sus cigarros en mi cara, muérdame esta jeta que le está ladrando, seamos la pecera de nuestras pirañezcas lenguas.

Andemos desnudos, busquemos un refugio porque nos cazan o un helado porque nos gusta, vamos a comernos todas las manzanas de cada árbol de cada jardín, dejemos de creer en dios, adoremos serpientes y adoremos nuestras lenguas.

Que me saquen del edén y de mil paraísos más, la única y real belleza está en sus muslos y son sus muslos mismos, en ellos soy eterno y puro y sin tanta cochinada, en ellos reposaré el resto de mi vida y a ellos dedicaré mis blasfemas oraciones.

Cinco minutitos más.

Es normal, siempre queremos más, siempre cinco minutitos más. Cinco minutitos más y me levanto a estudiar y no aprender, mamá. Cinco minutitos más de Edén, sólo cinco manzanitas más y luego nos vamos, mi Señor. Cinco cervecitas más y nos vamos a seguir pidiendo más en otro sitio. Cinco capítulos más y luego nos creamos nuestra propia vida.

Cinco minutitos más de su sonrisa para grabarla bien en mi cabeza, cinco besos más para que el sabor no se vaya, dejemos pasar otros cinco buses al fin y al cabo todavía tengo demasiado por abrazarle, camine conmigo cinco calles más que de todas formas nunca sabemos a donde vamos y ojalá nunca lo sepamos.

Duerma, duerma cinco minutitos más que toda esta calma no volverá tan fácil, pero tranquila cuando la calma vuelva le seguiré pidiendo los mismos cinco minutitos más porque sigo siendo un niño perezoso que no quiere ir todavía a la vida real.

Además, con usted se está muy bien.

Tiempos de guerra.

La distancia entre su cuerpo y el mío es la misma distancia que hay entre Napoleón y toda Europa, hay un montón de tierra y también hay balas y espadas y algunas ideas contrarias y afiladas, otras no tan afiladas.

Y en el campo de batalla temblamos cada que estalla una nueva bomba entre nosotros, perdemos el sentido del oído, se nos nubla la vista, toda percepción del mundo se desvanece y hay que andar tanteando el aire hasta sentirlo caliente y sabernos cerca.

Nuestras tropas son despedazadas en el medio de nuestros cuerpos pero al rato ya no importa y caminamos sobre ellas, si nuestras abuelas nos vieran dirían que se perdió la moral, que se acabaron los caballeros, que ya no hacen señoritas como las de antes, sin embargo no importa, cuando hacemos la guerra dejamos de tener abuela.

La distancia entre su cuerpo y el mío es la misma distancia que hay entre Napoleón y toda Europa, pero nosotros somos más altos que Napoleón, no más un poco…al menos si más altos que un Napoleón sin sombrero.

Ternura.

Usted es capaz de algo por lo que cualquier hombre del mundo que se encuentre combatiente en una guerra o exiliado o enfermo de muerte o en un cuadrilátero de boxeo daría hasta el último momento de su vida.

Usted es capaz de algo que podría hacer suspirar a los leprosos, a los incurables, a los imperdonables en un pabellón de esos donde esperan los condenados a la horca o la silla eléctrica o la cámara de gas o cualquiera de las distintas maneras que tienen ciertos hombres de quitarles la vida a otros ciertos hombres.

Usted es capaz de producir algo, así como las luciérnagas producen luz, usted produce en mí lo que un cielo estrellado.

Usted es esa sospecha que tuvieron todos los grandes escritores de que algo realmente bello habita este mundo. Usted es la certeza de todas las sospechas de la imaginación.

Muuuuy bien, Gregorio

No puedo dejar de pensar en Gregorio, en el sonido de sus botas sobre los charcos cada mañana cuando viene a visitarme, siempre siete de la mañana, siempre bien puntual.

Cada mañana Gregorio viene hasta mí con un taburete, me saluda, se sienta y comienza a tocarme, me soba las ubres, las jala y las sacude y es como si les diera vida porque se hacen escurridizas y también es como la felicidad y yo me quedo toda quietecita e impasible y a veces pienso en unas cuantas porquerías que a mi edad no representan gran pecado y que no sé muy bien de donde vienen, de seguro es algo que me transmite el bueno de Gregorio cuando con sus fuertes manos me… en fin. A veces Gregorio me consiente y me besa en la frente y se va con su balde (también tiene un balde) y su banquito.

Me gusta cuando la leche no sale fácil porque entonces Gregorio tiene que meterle ganas y hay que ver como se esfuerza el pobre, pero siempre lo consigue, Gregorio manos de dios, entonces yo siento como una cosquillita de placer en cada estomago y es una cosa seria que ni pa’ que. Aunque debo dejar claro que eso de hacerme la difícil no es gratuito, siempre lo hago un día después de que Gregorio haya traído a su hijito, no me gusta cuando él viene, me hace sentir descarada y casi no sabe tocarme.

Gregorio mató a mi hijita, pero ya lo perdoné, supongo que él podría perdonarme si un día de una sola patada… pero son sólo cosas que se le ocurren a una, porque no hay mucho que hacer cuando Gregorio no está, esperar… pero me desespero.

Todas las mañanas Gregorio viene y se va con su balde lleno de mi leche y yo misma he visto con estos ojotes (como les dice mi Gregorio cuando está de buenas) como llega a casa y bebe de ella con placer, ¡EL MUY MARRANO!, luego le da de beber a su mujer y a sus hijitos y ellos ni sospechan.

Lo mío con Gregorio es secreto, hermoso y privado.

Hijo de perra.

 

Me molesta la correa, me molesta la mano obscena que soba mi lomo y me molesta el frío en la madrugada y la lluvia en la madrugada. Me molesta la madrugada y me molesta que mis genitales no estén completos y me molesta que dé lo mismo si la hembra, la de al frente, también está amarrada.

Me molesta saber que ella nunca vendrá porque ella es de raza y a mí no me molesta no serlo (cuando se es chandoso ser bonito es un verdadero mérito), me molesta la madrugada, porque la muy perra, la de al frente, me mira fijamente, me molesta su pedigree y me molesta su forma de restregármelo. Me molesta su rostro de que la arrolló un camión cada vez que ve mi oreja, la perezosa.

Me molesta que me lleven al parque porque me molesta el bozal y me molesta no poder morder a todos esos putos niños que juegan a tirar la pelota y que si pero no la tiran y no la tiraron y lo mismo yo corro y seguiré corriendo detrás de una pelota invisible. Me molestan las pelotas, las invisibles. Me molestan los humanos, me molestan sus pulgares oponibles y su bípedo caminar.

Me molesta mucho la correa y me molesta la madrugada porque me molesta el no dormir y entonces me molesta empezar a pensar en que me gustaría domesticar, castrar y amarrar afuera, en la molesta, muy molesta madrugada a todos los molestos habitantes de la molesta casa empezando por el molesto gato que ha de estar revolcándose de pura comodidad a los pies de una camita con la panza bien redonda y soñando con cazar aves.

A mí no me molestan las aves, porque saben que si molestan, se mueren lenta, dolorosa, desagradable y sangrientamente para después ser enterradas como juguete en el jardín, porque así es, fue, será y siempre ha sido esta vida tan de perros.

Que no me desamparen ni esta noche ni ninguna.

Yo no creo en dios pero podría creer en sus pezoncitos y dedicarles oraciones y edificarles altares, convencer a todo el pueblo de que sus pezones son la mayor revelación de algo divino entre nosotros, entre nosotros que somos tan puercos, la mayor demostración de que la virginidad no implica ninguna pureza, que eso es una insensatez, que Cristo cambiaría todos sus clavos por una sola mordidita de un pezón suyo, que bajaría de la cruz babeando, que se haría crucificar en su torso, que subir por uno de sus senos es el verdadero calvario, que habría que arrodillarse cada domingo al lado suyo y mirarle los montecitos desde abajo y entonces ir subiendo y oliendo y saboreando hasta llegar a sus pezoncitos y sentirnos epifánicos, limpios, hermosos, jóvenes, cada domingo.

Usted podría ver desde las ventanitas de su palacio blanco leche, como miles de hombres de todo el mundo viajan hacia usted, como peregrinan en busca de las cerezas divinas que usted esconde detrás de sus vestiditos mal cortados en el escote, como se tiran al piso y se pisotean los unos a los otros, como estiran su mano hasta sus pezoncitos de oro sin poder alcanzarlos, y se va a reír de nosotros, porque no sabemos, no entendemos, porque somos unos sucios y nuestras manos están vacías y tenemos tantas ganas que por uno de sus pezoncitos creeríamos en dios y temeríamos del infierno porque un lugar sin pezones como los suyos no merece ser vivido.

Versiones.

Una mujer juega en la calle con un gato negro moviendo un espejo roto que cada vez que el sol le pega produce una lucesita que rebota contra una pared justo debajo de una escalera donde el gato va a parar con garras y narices, una mujer se olvida de salvar el lindo pellejo que protege su órgano para equivocarse, una mujer se olvida de los consejos de abuela de su mamá, como de tantas otras cosas.

Un gato negro es detenido en sus vagares por una mujer que amenaza con cortar su lindo pellejo con un espejo roto, en la pared una lucesita no le deja poner la garra encima cuando ya está más fuera de su alcance y más debajo de una escalera, el gato teme pues su mamá le dijo que debajo de las escaleras, mala suerte.

Una lucesita en una pared se siente amenazada por un gatonegro, gatoloco que la usa como a un juguete, por suerte y por razones desconocidas para ella cada vez que el gato se acerca demasiado una fuerza superior a ella y además divina la pone a salvo de las garras del monstruo juguetón. No sabe lo que es una escalera.

Una escalera llora a causa de un gatonegro y supersticioso que se niega a jugar bajo su sombra.

Oh, por dios.

Sí, si quiero morderle el cuerpecito y chuparle el almita y la sangrita y decirle que qué rico, decírselo bien cerquita, bien hacia dentro, bien al oído y llenarle las orejas de babas y las ojeras y las almohadas. 

Comermele el cabello y que le hagamos honor a ese vestidito que va a terminar tan roto, como nosotros que siempre estamos un poquito más devastados, pero nos gusta, nos gustamos, y entre más roto, más rico.

Me puede llamar buitre mientras le corrompo los huesitos, me puede llamar como quiera, me puede llamar en la madrugada, también puede quedarse acá al menos una vida y procurarnos un calorcito de uñas y de dientes y de caderas. De calderas. 

Sí, si quiero llevarla conmigo al fondo del barro, del charco, a la parte más profunda de ese cielo que siempre nos servirá de sabana. 

Se lo comió el perro.

¡Se volvió añicos, cómo si lo hubieran lanzado desde el último piso de un edificio multiforme que da a un suelo lleno de puntillas, el edificio multiforme más grande de una ciudad en llamas!

¡Se desbarató en pedazitos incontables, infinitos, increíbles, cómo si lo hubieran expuesto a la ira de un millón de cocineros furiosos y despechados!

¡Se deshizo, se desmigajó cómo los panes de las señoras en los parques que llaman a esas palomas hambrientas y casi salvajes!

¡Se descompuso cómo la radio del abuelo cuando se enoja después de un partido y lo agarra a puños o a periódicos o chancletas o lo que sea!

¡Se deshilachó cómo los tejidos de la abuela cuando se deja cerca a ese gato que no es alérgico a la curiosidad!

¡Se le desbarajustó todo cómo si hubiera sido una bici que va tan rápido que casi vuela y la gravedad la baja como una plasta enorme sobre cualquier bolardo y no hay pedal que coordine con neumático ni mecánico que salve tanto desorden de tornillos!, ¡no lo hay!

¡Se le dañó todo cómo si lo hubieran dejado mil novias, las más guapas, por gente como esa que no le gusta a nadie que no es por ser intolerante pero esa gente existe! 

¡Se quebró y no hay babas que peguen tanto caos y es como un mal de esos que duran cien años y uno no cree!

Pero juro que no fui yo, mamá.

Ella nada en el río.

Cerró el libro, sólo podía pensar en esa mujer, en su mirada estática y detallista frente a las vitrinas, en su caminar de gato y su amor desordenado. Pensar en su todo, en sus ojos de pájaro.

Sabía que no tenía que pensarla porque era inútil gracias a ese inquisidor que la tenía tan enamorada, que la había enamorado o algo peor. No tenía que pensarla, porque era inútil y si el inquisidor se enteraba luego se burlaría de él, en su cara, de la más violenta y cruel de las formas. También estaba el hijo de ella, esa responsabilidad que ella no le haría tomar pero que por compromiso se vería obligado a hacerlo. No, tenía que pensarla y la pensaba. Como todos.

Pensaba en caminar con ella, hacerle el amor a ese cuerpo menudito, colorido y como perdido en esa ciudad tan gris (porque era gris, para él era gris), comprarle juguetes que luego el niño destrozaría en medio de una salvaje pataleta, tomarla de la mano y beber el vodka amargo de Ronald y quejarse de la sbornia en un francés mal hablado pero bien besado. 

No tenía que pensarla, porque luego se convertiría en un ser empalagoso, un Ossip, respetable, pero empalagoso. Y eso no.

Dejó el libro lejos, no tenía que nombrarla, era inútil.

Lucía, su nombre era Lucía. 

Pero yo no creo.

Que no hay vida después de la muerte, que no hay cielo y mucho menos un cielo de perros y otro de gatos, que no, que si uno es perro se va al infierno, eso dicen, pero que si uno es gato vive siete veces o nueve veces dependiendo la felina nacionalidad, también dicen.

Que hay que levantarse y tenerse y trabajar pa’ mantenerse, que al hombre pobre la cama lo mata, dicen.

Que no hay mal de amores sino amores malos, que no hay cosas bellas sino miradas piadosas, dicen, dicen que si se cae un árbol en un bosque solitario, la caída de ese árbol no genera rumor alguno, dicen, los que desprestigian hasta las caídas ajenas, los mismos que dicen que al caído, caerle.

Que perro que ladra no muerde y sarna con gusto no pica, dicen, que al que madruga dios lo ayuda, porque también dicen que hay dios y que se escribe con d mayúscula, porque hay un circulo en el infierno para los que lo tratan como sustantivo, dicen.

Que existe la inspiración y que no se es serio cuando se juega, dicen, que jugar serio es oxímoron, dicen. 

Que muchas cosas dicen y seguirán diciendo, que hay un esto y un aquello y un fulano y un mengano, que a veces es bueno ya callarse, no hablar con la boca llena o la mente vacía, pero eso dicen. 

Yo no creo.

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