Llegó al cafetín mojada y arrastrando con su mano derecha una explosión de varillas que en sus mejores tiempos había sido una sombrilla, se escabulló hacia una de las mesas y encendió un cigarrillo, no tenía ganas de café, no tenía tampoco ganas de fumar pero el automatismo había sido más rápido que ella, era la única persona en el cafetín y pidió un tinto más por bondad que por necesidad, dejó el remedo de sombrilla en un lugar donde se le olvidará a la hora de irse, quiso leer pero todo en su cartera era una sopa, quiso sonreír pero aún no se le descongelaban las mejillas, decidió quedarse quieta pero no dejaba de temblar, siempre que llovía sentía como si ella misma se fuera ajena.
Llegó su tinto, llegó su cenicero y el frío no se iba de su cuerpo, quiso tomar el tinto pero su mano morada no le respondía, quiso dejar el cigarrillo colgando de sus labios pero el filtro se adhería a la piel cortada de los mismos. Cada vez se le hacía más difícil sobrevivir en una ciudad víctima de tal crimen climático, a su boca empezaba a llegar el sabor a maquillaje que venía derritiéndose por todo su rostro desde sus parpados, se sentía jodida y es que lo estaba. Tenía que dejar esa costumbre de hacerse la guapa incluso para salir a la tienda, se acordó de su abuela y de que la moda incomoda, quiso cruzar la pierna para no sentirse tan abandonada pero no, ya nada le correspondía, le molestaba de sobremanera la marca de labial en su cigarrillo si no había nadie mirándola y antojándose ya sea de labial, ya sea de cigarrillo.
Mal día para salir Rebeca, mal día para salir Rebeca, mal día para salir Rebeca -rebotaba en su cabeza contra las paredes de ese laberinto que tenía en su mente desde que se hizo mujer-, mal día para salir Reb… Su mano cedió al fin, su mano se dejó llevar hacia el tinto, el tinto se dejó llevar hacia la boca y después todo fue calma, el café rozando la lengua de Rebeca, el vapor acariciando levemente su nariz y despertando a su olfato curioso. Aplastó el cigarrillo contra el cenicero e incendió, encendió e inició uno nuevo, ahora si sentía el sabor del tabaco, el café cedía dócil hacia su garganta y finalmente con tan sólo poco esfuerzo pudo subir su pierna sobre su otra pierna y ahora era hermosa, ahora no estaba jodida, perfecto día para salir Rebeca, estás hermosa Rebeca, sonríe Rebeca, eso Rebeca, hermosa Rebeca.
Nada mejor en ese momento que un encuentro, que apareciera alguien empapado a sufrir como ella sufrió, alguien al que el cuello de la chaqueta le rozara la nuca como una lengua de gato cada vez que intentara verla y sufriera y ella no. Tú no Rebeca. Se terminó su tinto, pidió otro, encendió otro cigarrillo y otro, terminó el segundo tinto, pidió el tercero, fumó, esperó mirando de reojo hacia la entrada, nada, no había nadie en esta ciudad de cobardes que no salen a la lluvia, que no entran a cafetines para ver su pierna cruzada, se levantó, pagó, dejó los tacones y la sombrilla, salió a la calle donde aún llovía y entonces volvió el frío, el no poder moverse, la rabia, el eco incesante en su cabeza como un tic tac, mal día para salir Rebeca.
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